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La ciudad de los prodigios; Eduardo Mendoza

LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS

Siguiendo paso a paso la azarosa vida del pícaro Bouvila, en la novela se asiste a la evolución de la ciudad de los prodigios: Barcelona, desde 1888, año en el que se comienza a programar la primera exposición universal que se celebró en España hasta la de 1929. Se trata de un canto de amor a la ciudad y a sus habitantes. Este amor lleva al autor a incorporarle elementos pensados que la hicieran más habitable y potenciadora de una adecuada convivencia. Esa es su Barcelona imposible cuando dice:

“Escribí buena parte de La Ciudad de los Prodigios lejos de Barcelona, en hoteles y pensiones. A menudo describía paisajes que veía por la ventana (arboledas, palacetes, canales...) y los situaba en una Barcelona imposible: !Pensaba que esto contribuiría a hacerla más real!” (p.8)



Hasta mediados del s. XIX las murallas de Barcelona impedían su crecimiento. La densidad de la población iba en aumento, haciendo la vida insoportable mientras fuera se extendían los espacios baldíos. El hacinamiento atentaba contra la higiene: cualquier enfermedad se convertía en epidemia pues no había forma de aislar a los

Plano de Barcelona antes de la primera expansión fuera de las murallas

enfermos. El problema de la vivienda era pavoroso; el precio astronómico del alojamiento consumía la porción principal de los ingresos familiares. La densidad de habitantes por hectárea era imposible. Las murallas no se derribaban porque el Gobierno de la nación no daba permiso. Por fin entre 1854 y 1856 se consigue derribar las murallas durante un corto periodo de gobierno progresista, pero hasta 1858 no se permitió hacer un plan para ensanchar urbanísticamente la ciudad.

El autor se acerca a esta primera expansión de la ciudad en el siglo XIX, y la recrea recogiendo las tradiciones orales, leyendas de ficción que le incitan a potenciar esa ciudad prodigiosa centrándola en la ilusión de un alcalde que acomete la primera expansión de Barcelona para convertirla en ciudad moderna

“El alcalde era un hombre de estatura corta, tripón. Era muy religioso... pero la cuestión urbanística, que le abrumaba, lo distraía. Hay que hacer algo, se decía, pero ¿qué? Había estudiado la expansión de otras ciudades europeas: la de París, la de Londres, la de Viena, la de Roma, la de San Petersburgo. Los planes eran buenos, pero costosos. Además, ninguno tenía en cuenta las peculiaridades de Barcelona. Estaba convencido de que Barcelona tenía que concebir y llevar a término su propio plan, sin caer en la imitación” (p. 230)

Ese plan prodigioso que buscaba conseguir una ciudad con su idiosincrasia y, potenciadora de la realización de la persona y de una auténtica convivencia. Ese alcalde religioso proyecta sus creencias y nos muestra un proyecto en la fantasía y la ilusión de un personaje imaginario.

“Se llamaba o decía llamarse Abraham Schlagober, que en alemán significa “nata”; dijo no ser judío, pese a su nombre, sino cristiano viejo, peregrino en cumplimiento de una promesa cuya causa negó a revelar y constructor de obras. El alcalde lo llevó de inmediato al Ayuntamiento, le mostró los planos de Barcelona y sus alrededores, puso a su disposición todos los medios para que trazara un proyecto. Esta será, le dijo Abraham Schlagober, la Ciudad de Dios de que nos habla San Juan, la nueva Jerusalén...

El proyecto quedó acabado en menos de seis meses, tras lo cual Abraham Schlagober desapareció sin dejar rastro. Hay quien afirma que tal personaje nunca existió y que fue el propio alcalde quien dibujó los planos”. (p. 232)

La utopía, la imaginación y la fantasía deben estar fundamentando esta nueva ciudad, potenciadora del equilibrio entre las personas y su entorno.

“Hoy el proyecto original no existe ya, o fue destruido a propósito o se encuentra sepultado sin remisión en archivos municipales insondables, Sólo nos han llegado bocetos parciales, poco fidedignos, fragmentos de la memoria justificativa... de lo que hoy llamamos el Tibidabo hasta el mar discurría un canal navegable del que partían a derecha e izquierda doce canales (uno por cada tribu de Israel) más estrechos y de menor calado, que iban a desembocar en otros tantos lagos artificiales en torno a los cuales se ordenaban barrios o agrupaciones semi-religiosas, semi-administrativas, gobernadas por un teniente de alcalde y un levita. En ningún lugar dice de dónde saldría el agua... El centro de la ciudad vieja (que según el plan debía ser arrasada, con la salvedad de la catedral, Santa María del Mar; el Pino y San Pedro de las Puellas) cinco puentes cruzaban el canal y cada puente representaba una de las cinco virtudes teologales... (p. 233)

Se lamenta el autor de que este plan de ilusión y creatividad se vea frenado por la realidad de la política y el funcionamiento administrativo y burocrático. Desde Madrid se rehúsa este “Plan de Ensanche de la Ciudad de Barcelona” por no ajustarse a los requisitos legales en la materia. Se aprueba uno nuevo que se llamaría “Plan Cerdá”. El autor expresa su desconsuelo ante la desaparición del plan utópico que ansiaba.



“El plan impuesto por el ministerio, con todos sus aciertos, era excesivamente funcional, adolecía de un racionalismo exagerado: no preveía espacios donde

Plan Cerdá

pudiera tener lugar acontecimientos colectivos, ni monumentos que simbolizasen las grandezas que todos los pueblos gustan de atribuirse con razón o sin ella, ni jardines, ni arboledas que incitasen al romance y al crimen, ni avenidas de estatuas, ni puentes ni viaductos. (p. 238)

Era una cuadrícula indiferenciada que desconcertaba a forasteros y nativos por igual, pensada para la relativa fluidez del tráfico rodado y el correcto desempeño de las actividades más prosaicas. De haberse realizado tal y como en principio se concibió, habría resultado al menos una ciudad agradable a la vista, confortable e higiénica; tal como acabó siendo, ni siquiera tuvo esas virtudes”. (p. 238)

Una vez iniciado el despegue, para el autor Barcelona se ve despojada de la fantasía y encorsetada en una expansión continua, impelida por la prosaica explosión demográfica que logra la transformación de una posible ciudad gentil y saludable, en una urbe ruidosa. Por falta de ideología (aquella ideología que el amor de dios y las acechanzas del diablo habían inspirado a su ex alcalde maldito) se quedó sin centro neurálgico donde pudieran producirse fiestas y algaradas, mítines, coronaciones y linchamientos.

“Las sucesivas expansiones de la ciudad se hicieron sin orden ni criterio, de cualquier modo, con el único propósito de meter en algún sitio a los que ya no cabían en los sectores construidos hasta entonces y sacar el máximo beneficio de la operación. Los barrios acabaron de segregar para siempre las clases sociales y las generaciones entre sí y el deterioro de lo antiguo se convirtió en el único indicio cualitativo del progreso”. (p. 239)

Para el autor, cada fase de esta evolución, comienza por estar entroncada a su realidad material. Tanto su situación, su clima como su historia tratan de estar presente para perpetuar su identidad, su armonía y evitar contratiempos previsibles.

+ situación geográfica, que el autor deja presente con una escueta pincelada:

“Esta ciudad está situada en el valle que dejan las montañas de la cadena costera al retirarse un poco hacia el interior, entre Malgrat y Garraf, que de este modo forman una especie de anfiteatro”. (p. 15)

+ clima:

“Allí el clima es templado y sin altibajos: los cielos suelen ser claros y luminosos; las nubes, pocas, y aun éstas blancas; la presión atmosférica es estable; la lluvia, escasa, pero traicionera y torrencial a veces”. (p. 15)

+ historia:

“Aunque es discutida por unos y otros, la opinión dominante atribuye la fundación primera y segunda de Barcelona a los fenicios. Al menos sabemos que entra en la Historia como colonia de Cartago, a su vez aliada de Sidón y Tiro. Está probado que los elefantes de Aníbal se detuvieron a beber y triscar en las riberas del Besós o del Llobregat camino de los Alpes, donde el frío y el terreno accidentado los diezmarían. Los primeros barceloneses quedaron maravillados a la vista de aquellos animales. Hay que ver qué colmillos, qué orejas, qué trompa o proboscis, se decían. Este asombro compartido y los comentarios ulteriores, que duraron muchos años, hicieron germinar la identidad de Barcelona como núcleo urbano; extraviada luego, los barceloneses del siglo XIX se afanarían por recobrar esa identidad. A los fenicios siguieron los griegos y los (p. 15) layetanos. Los primeros dejaron de su paso residuos artesanales; a los segundos debemos dos rasgos distintivos de la raza, según los etnólogos: la tendencia de los catalanes a ladear la cabeza hacia la izquierda cuando hacen como que escuchan y la propensión de los hombres a criar pelos largos en los orificios nasales. Los layetanos, de los que sabemos poco, se alimentaban principalmente de un derivado lácteo que unas veces aparece mencionado como suero y otras como limonada y que no difería mucho del yogur actual. Con todo, son los romanos quienes imprimen a Barcelona su carácter de ciudad, los que la estructuran de modo definitivo; este modo, que sería ocioso pormenorizar, marcará su evolución posterior. Todo indica, sin embargo, que los romanos sentían un desdén altivo por Barcelona. No parecía interesarles ni por razones estratégicas ni por afinidades de otro tipo. En el año 63 a. de J.C. un tal Mucio Alejandrino, pretor, escribe a su suegro y valedor en Roma lamentándose de haber sido destinado a Barcelona: él había solicitado plaza en la fastuosa Bibilis Augusta, la actual Calatayud. Ataúlfo es el reyezuelo godo que la conquista y permanece goda hasta que los sarracenos la toman sin lucha el año 717 de nuestra era. De acuerdo con sus hábitos, los moros se limitan a convertir la catedral (no la que admiramos hoy, sino otra más antigua, levantada en otro sitio, escenario de muchas conversiones y martirios) en mezquita y no hacen más. Los franceses la recuperan para la fe el 785 y dos siglos justos más tarde, el 985, de nuevo para el islam Almanzor o Al-Mansur, el Piadoso, el Despiadado, el Que Sólo Tiene Tres Dientes. Conquistas y reconquistas influyen en el grosor y complejidad de sus murallas. Encorsetada entre baluartes y fortificaciones concéntricas, sus calles se vuelven cada vez más sinuosas; esto atrae a los hebreos cabalistas de Gerona, que fundan sucursales de su secta allí y cavan pasadizos que conducen a sanedrines secretos ya piscinas probáticas descubiertas en el siglo xx al hacer el metro. En los dinteles de piedra del barrio viejo se pueden leer aún garabatos que son contraseñas para los iniciados, fórmulas para lograr lo impensable, etcétera. Luego la ciudad conoce años de esplendor y siglos opacos”. (p. 16-17)

Ante esta realidad inherente a la esencia de una ciudad y que condiciona la utopía de sus ciudadanos de forma natural, hay otra creada por la insensatez de los propios ciudadanos que no vislumbran la esencia del bienestar como desarrollo personal y colectivo y como potenciador de una agradable convivencia. Esta es la realidad que mata ilusiones y que el autor la refleja matizando sus variables:

+ La especulación del terreno buscando tan solo el enriquecimiento rápido a costa de todo lo esencial para la convivencia. Allí donde por motivos razonables de habitabilidad y comunicación se comenzaba a construir,

“El precio de los terrenos subía mucho de inmediato, porque no hay en Occidente pueblo más gregario que el catalán a la hora de elegir residencia: a donde uno va a vivir, allí quieren ir los demás. Donde sea, era el lema, pero todos juntos. De esta forma la especulación seguía siempre el mismo patrón: alguien compraba el mayor número posible de parcelas en una zona que consideraba propicia y construían en una de esas parcelas un edificio de viviendas, dos a lo sumo; luego esperaba a que todas esas viviendas estuvieran vendidas y ocupadas por sus nuevos dueños; entonces ponía en venta el resto de las parcelas a un precio muy superior al que había tenido que pagar por ellas. Los nuevos propietarios de estas parcelas, como habían satisfecho por ellas un precio muy superior al valor original, se resarcían de la pérdida por medio de un sistema que consistía en lo siguiente: dividían cada parcela en dos mitades, edificaban en una de las mitades y vendían la otra mitad al precio que habían pagado por las dos mitades juntas. Como es natural, el que compraba esta segunda mitad procedía del mismo modo, esto es, dividiéndola por la mitad; y así sucesivamente. Por esta razón el primero de los edificios construidos en una zona tenía una superficie bastante considerable; el siguiente, menos, y así hasta llegar a unos edificios tan estrechos que sólo admitían una vivienda por planta, y aún ésta sumamente raquítica y oscura, hecha de materiales de calidad ínfima y carente de ventilación, comodidades y servicios”. (p. 254)

“Para recuperar el capital perdido en la especulación, los dueños escatimaban dinero en la construcción: los materiales eran toscos y el cemento venía tan mezclado con arena y hasta con sal que no pocos edificios se vinieron abajo a los pocos meses de ser inaugurados”. (p. 262)

“Para compensar tanto desastre se puso mucho esmero en las fachadas. Con estuco y yeso y cerámica menuda dieron en representar libélulas y coliflores que llegaban del sexto piso al nivel de la calle”. (p. 262)

+ La corrupción política iba paralela a este movimiento de dinero que hacía y deshacía fortunas y que necesitaba los permisos pertinentes para su realización. Compra de decisiones, cambios y remodelaciones eran monedas de uso común.

“Como alguno de los factores de especulación eran fortuitos y otros no, la importancia que tenía el disponer de información rápida y fidedigna acerca de los últimos era enorme”. (p. 256)

“También hubo que edificar en parcelas originalmente destinadas a jardines o parques de recreo, a cocheras, escuelas y hospitales”. (p. 262)

“Así crecía la ciudad, a gran velocidad por puro afán. Cada día se removían miles de toneladas de tierra que unas hileras continuas de carros se llevaban para ser amontonadas detrás de Montjuich o para ser arrojadas al mar. Mezclados con esta tierra también se llevaban restos de ciudades más antiguas, ruinas fenicias o romanas, esqueletos de barceloneses de otras épocas y residuos de tiempos menos turbulentos”. (p. 262)

+ El poder político con su respectiva inclinación y tendencia, fija momentos puntuales en la expansión de la ciudad que puede condicionarla material y económicamente para el futuro. Su prestigio personal y sus posibles ansias de perpetuarse no son ajenas a las tomas de decisiones más o menos arbitrarias. Tocando esta variable, el autor se centra en la realización de la Exposición Internacional de Barcelona de 1888 que se construirá sobre la “Ciudadela”

“El responsable político ocupaba la alcaldía de Barcelona por segunda vez. Frisaba la cincuentena, era ceñudo, ostentaba una calva imaginativa y unas patillas tan largas que le cubrían las solapas de la levita. Los cronistas decían que tenía aire patricio. Era muy sensible al prestigio de su ciudad y de su propia gestión”. (p. 52)“



“Lo que le sobraba de empuje le faltaba de capital. Barcelona atravesaba una crisis financiera de consideración y los reiterados llamamientos del promotor denodado no encontraron eco. El dinero inicial se acabó y el proyecto hubo de ser abandonado. Serrano de Casanova acudió a ver al alcalde Rius y Taulet. En tono suave, como si se tratara de un secreto, le dijo: Debo notificar a vuecencia algo de particular gravedad; he decidido capitular, no sin profundo desconsuelo. Las obras de habilitación del parque ya habían comenzado; el suceso, entre unas cosas y otras, había recibido amplia 'publicidad. ¡Rayos y centellas!, exclamó Rius y Taulet”. (p. 53)

“Al final Rius y Taulet dio un golpazo en la mesa con una carpeta de cuero y cortó en seco tanta garrulería. Hostia, la Mare de Déu!, gritó a pleno pulmón. El vibrante exordio se oyó en la plaza de San Jaime, pasó a ser de dominio público y figura hoy, con otros dichos célebres, labrado en un costado del monumento al alcalde infatigable. El obispo no pudo menos que persignarse. Un alcalde no es cosa de tomar a risa. En menos de una hora obtuvo de todos los presentes su aquiescencia y la promesa de colaboración que precisaba para seguir adelante con el proyecto También se creó una Junta del Patronato integrada por autoridades civiles y militares, presidentes de asociaciones, banqueros y figuras del mundo empresarial. Con ello se involucraba a todos en aquella tarea, que tenía ser colectiva para ser posible. Se estableció una Junta Técnica formada por arquitectos e ingenieros”. (p. 54)

“Cuando la Junta Técnica de la Exposición presentó el primer proyecto al alcalde, éste lo hizo trizas con sus propias manos. Esto que me traen ustedes es un feria de cachivaches, exclamó, y yo quiero un ciclorama. Ahora habían transcurrido dos años y medio y había habido que hacer concesiones a la sensatez, pero los deseos del alcalde se habían colmado”. (p. 138)

+ Los realizadores de los proyectos: arquitectos e ingenieros que con sus ideas

y concepción de la realidad se ajustan más o menos a la concepción de una ciudad para vivir y ser vivida o se pliegan a las influencias e intereses de los poderes políticos o fácticos.

“Por el recinto iban y venían unos personajes cubiertos con guardapolvo; llevaban gorra y anteojos e inspeccionaban la marcha de los trabajos, tomaban medidas con varas y teodolitos, consultaban planos y daban instrucciones a los capataces, quienes las escuchaban con atención y daban de inmediato muestras de haberlo entendido todo. Estos señores tan importante eran arquitectos, sus ayudantes y sus colaboradores. Con sus idas y venidas trataban de coordinar lo que se estaba haciendo allí”. (p. 65)

“Pero lo importante era que a la gente le gustara. Se ajustan a lo que debía de ser el gusto de la época, su concepto de la elegancia”. (p. 162)

“Ahora la Exposición ya había cerrado sus puertas: de aquel esfuerzo colosal no quedaba casi nada: algún edificio demasiado grande para ser utilizado en la práctica, algunas estatuas y un montón de deudas que el municipio no sabía como enjugar”. (p. 187)

+ La opinión pública, con su poca consistencia y oscilaciones continuas según

sople el viento de la moda o de la presión político-social.

“No pasaba día últimamente sin que los periódicos hicieran sugerencias: construir el alcantarillado de la parte nueva, proponía uno; hacer desaparecer los barracones que afean la plaza Cataluña, proponía otro; dotar al paseo de Colón de bancos de piedra; mejorar los barrios extremos como el del Poble Sech, que habrán de recorrer quienes aprovechen su estancia en Barcelona para llegarse a Montjuich atraídos por los deliciosos manantiales de que está sal- picada esta montaña, etc. A e.ste sector de la prensa le preocupaba menos la impresión que pudiera causar la ciudad que la que pudieran causar sus habitantes, de cuya honradez, competencia y modales desconfiaba a todas luces”. (p.72)

“El entusiasmo inicial se había enfriado; ahora menudeaban los ataques: Tal vez decimos, convendría que tanto esfuerzo y tanto dinero se aplicasen á cosas más necesarias y apremiantes, y que no se despilfarrasen en aparatosas obras públicas de efecto inmediato y utilidad efímera”. (p. 83)

BIBLIOGRAFÍA:

Mendoza, Eduardo. La Ciudad de los Prodigios. Ed. Seix Barral, S.A. Barcelona 2.003

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