Buscar el resumen de cualquier libro o documento

Ángel Pitou Cap. 2


II
EN EL QUE SE PRUEBA QUE UNA TÍA
NO ES SIEMPRE UNA MADRE
Luis Ángel Pitou, como él mismo había dicho
en su dialogo con el abate Fortier, tenía
diecisiete años y medio en la época en que comienza
esta historia. Era un joven alto y delgado,
con los cabellos amarillentos, las mejillas
coloradas y los ojos de color azul claro; la flor
de la juventud, fresca e inocente, se revelaba en
su ancha boca, cuyos gruesos labios dejaban
ver, al entreabrirse con exceso, dos líneas completas
de dientes formidables para las personas
que con él debían compartir el alimento. De las
extremidades de sus largos brazos huesosos
pendían las manos, anchas como paletas; tenía
las piernas regularmente arqueadas, rodillas
voluminosas como cabezas de niño, que reventaban
casi su estrecho calzón negro, y sus pies
enormes parecían estar holgados en zapatos de
cuero enrojecidos por el uso. Si añadimos que
llevaba una especie de casacón de sarga de color
castaño, que guardaba un término medio
entre la chaqueta y la blusa, se tendrán las señas
exactas del ex discípulo del abate Fortier.
Réstanos bosquejar la moral.
Ángel Pitou había quedado huérfano a la
edad de doce años, época en que tuvo la desgracia
de perder a su madre siendo hijo único.
Esto quiere decir que desde la muerte de su
padre, ocurrida antes de que el chico llegase a
la edad del conocimiento, Ángel Pitou, adorado
de la pobre mujer, había hecho, poco más o
menos, cuanto se le antojaba, lo cual desarrolló
mucho su educación física, pero retrasando en
demasía su educación moral. Nacido en un
pueblo encantador, llamado Haramont, a una
legua de la ciudad, en medio de los bosques,
sus primeras correrías fueron para explorar el
que estaba más próximo a su casa, y la primera
aplicación de su inteligencia consistió en hacer
la guerra a los animales que le habitaban. De
esta aplicación, dirigida hacia un solo objeto,
resultó que a los diez años Ángel Pitou era un
cazador furtivo muy notable, y un pajarero de
primer orden, y esto sin trabajo casi, y sobre
todo sin lecciones, por la única fuerza de ese
instinto que la naturaleza concede al hombre
nacido en medio de los bosques, y que parece
una parte de aquel que dio a los animales. Por
eso no le era desconocido ningún paso de liebres
o de conejos; en tres leguas a la redonda no
había escapado de su investigación el más pequeño
pantano donde las aves van a beber; y
por todas partes se encontraban las señales de
su podadera en los árboles propios para explorar.
De estos diferentes ejercicios, repetidos de
continuo, resultó que Pitou llegó a distinguirse
en algunos de ellos de una manera extraordinaria.
Gracias a sus largos brazos y gruesas rodillas,
que le permitían abrazar los troncos más
respetables, subía a los árboles para coger los
nidos más altos, con una ligereza y seguridad
que llenaban de admiración a sus compañeros.
Bajo una latitud más próxima al Ecuador, le
hubiera valido el aprecio de los monos en esta
clase de caza, de tanto atractivo hasta para las
personas distinguidas y en la que el cazador
atrae a las avecillas a un árbol impregnado de
liga, imitando el grito del grajo o del mochuelo,
individuos que son objeto del odio general de
la especie de pluma, tanto, que, así el pinzón,
como el paro y el jilguero, acuden con la esperanza
de arrancar una pluma a su enemigo, y
casi siempre dejan las suyas. Los compañeros
de Pitou se servían de un verdadero mochuelo
o de un grajo natural, o de una hierba particular
que les permitía imitar más o menos bien el
grito de uno de esos animales; pero Pitou despreciaba
todos estos preparativos y subterfugios.
Con sus propios medios, con los medios
naturales, tendía el lazo; y con su boca solamente,
en fin, modulaba los sonidos chillones y
odiados que llamaban, no tan sólo a las demás
aves, sino también a las de la misma especie,
que se dejaban engañar, no diremos por el canto,
sino por el grito, a causa de lo perfecto de la
imitación. En cuanto a la caza en los pequeños
pantanos, o en las charcas, tenía poca importancia
para Pitou, y seguramente la hubiera
despreciado como cuestión de arte si hubiese
sido menos productiva. Esto no impedía, a pesar
del desprecio que le inspiraba una caza tan
fácil, que ninguno de los más prácticos supiera
tan bien como Pitou cubrir de helechos un pantano
demasiado grande para poner los lazos en
todas partes; ninguno sabía como él dar la inclinación
conveniente a sus trampas, de manera
que las aves más astutas no pudiesen beber ni
por encima ni por debajo; y, en fin, nadie tenía
esa seguridad de mano y esa precisión en el
golpe de vista que debe presidir en la mezcla,
en porciones desiguales y bien entendidas de la
pez-resina, del aceite y de la liga, para que esta
última no resulte demasiado líquida ni quebradiza
con exceso.
Ahora bien: como el aprecio que se hace de
las cualidades de los hombres cambia según el
teatro donde manifiestan aquéllas, y según los
espectadores ante los cuales las dan a conocer,
Pitou, en su pueblo de Haramont, en medio de
los campesinos, es decir, de hombres acostumbrados
a pedir a la naturaleza, por lo menos, la
mitad de sus recursos, y odiando por instinto la
civilización, Pitou, repetimos, gozaba de consideraciones
que no permitían a su pobre madre
suponer que siguiese por mal camino, ni que la
educación de su hijo, privilegiado por tal concepto,
se daba gratis a sí propio, no fuese la
más perfecta que pudiera recibir cualquier
hombre a costa de grandes gastos.
Pero cuando la buena mujer cayó enferma,
adivinando que la muerte se acercaba, cuando
comprendió que iba a dejar a su hijo solo y aislado
en el mundo, comenzó a dudar, y buscó
un apoyo para el futuro huérfano. Entonces
recordó que diez años antes un joven había
llegado a llamar a su puerta en medio de la
noche, llevándole un niño recién nacido, por el
cual le había dejado, no solamente una suma
bastante redonda, sino otra más considerable
aún depositada en casa de un notario de Villers-
Cotterets. De aquel joven misterioso tan
sólo supo, por lo pronto, que se llamaba Gilberto;
pero hacía tres años, poco más o menos, que
había vuelto a verle: era entonces un joven de
veintisiete años, de formas un poco rígidas, de
palabra dogmática y de aspecto algo frío. Pero
esta primera capa de hielo se había derretido al
ver a su hijo; y como le pareció hermoso, robusto,
muy risueño y criado como lo pidiera él
mismo a la naturaleza, estrechó la mano de la
buena mujer, diciéndole estas únicas palabras:
—En caso de necesidad, contad conmigo.
Después tomó el niño en brazos, preguntó
por el camino de Ermenonville, hizo con su hijo
una peregrinación a la tumba de Rousseau y
regresó a Villers-Cotterets. Aquí, seducido, sin
duda, por el aire sano que se respiraba, por lo
bien que el notario le habló de la pensión del
abate Fortier, dejó al pequeño Gilberto en casa
del digno hombre, cuyo aspecto filosófico apareció
a primera vista, pues en aquella época la
filosofía era tan poderosa que se había deslizado
hasta en casa de los hombres de iglesia.
Después de esto, volvió a marchar a París,
dejando sus señas al abate Fortier.
La madre de Pitou conocía todos estos detalles,
y en el momento de morir recordó estas
palabras: «En caso de necesidad, contad conmigo
». Esto la iluminó. Sin duda, la Providencia
lo había dirigido todo para que el pobre
Pitou encontrase tal vez más de lo que perdía.
Envió a buscar al cura, porque no sabía escribir;
el cura escribió, y en el mismo día envióse la
carta al abate Fortier, que se apresuró a poner
las señas y a echarla en el correo.
Ya era tiempo, porque dos días después la
mujer murió.
Pitou era demasiado joven para reconocer
toda la extensión de la pérdida que acababa de
sufrir; pero lloró a su madre, no porque comprendiese
la separación eterna de la tumba,
sino porque vio a la pobre mujer fría, pálida y
desfigurada; y, además, el pobre niño adivinó
instintivamente que el Ángel guardián del lugar
acababa de remontarse al cielo, y que la
casa, viuda de su madre, quedaba desierta y
deshabitada. Ya no se daba cuenta de su existencia
futura, ni tampoco de su vida del día
siguiente; y por eso, cuando hubo conducido a
su madre al cementerio, cuando la tierra quedó
redondeada sobre su ataúd, formando una
nueva eminencia, sentóse sobre la fosa; y a todas
las invitaciones que le hicieron para salir
del cementerio contestó moviendo la cabeza y
diciendo que, no habiéndose separado nunca
de su madre Magdalena, quería permanecer
donde ella estaba.
Durante todo el resto del día y toda la noche
no se movió de la fosa.
Allí fue donde el digno doctor (no recuerdo
si hemos dicho que el futuro protector de Pitou
era médico), allí fue, repetimos, donde el doctor
le encontró cuando, comprendiendo toda la
extensión del deber que se había impuesto por
la promesa hecha, acudió él mismo para cumplirla,
cuarenta y ocho horas, o poco menos,
después de salir la carta.
Ángel era muy joven cuando vio al doctor
marchar por primera vez; pero ya sabemos que
la juventud conserva profundas impresiones,
que dejan reminiscencias eternas; y además, el
paso del misterioso joven había estampado su
huella en la casa, en la cual dejó el niño que
hemos dicho, y con él su bienestar. Todas las
veces que Ángel oía a su madre pronunciar el
nombre de Gilberto, experimentaba un sentimiento
análogo a la adoración; y después, en
fin, cuando le vio reaparecer en la casa, hombre
ya y con su nuevo título de doctor, cuando
agregó a los beneficios del pasado la promesa
del porvenir, Pitou juzgó, por el agradecimiento
de su madre, que él también debía agradecer
al pobre muchacho, sin saber bien lo que decía,
había balbuceado las palabras «recuerdo eterno
» y «sinceras gracias», que oyó pronunciar a
su madre.
Así, pues, apenas vio al doctor a través de la
puerta del cementerio, apenas le vio adelantarse
en medio de las tumbas rodeadas de césped,
con los brazos cruzados, le reconoció, levantóse
y salióle al encuentro, comprendiendo que no
podía contestar negativamente, como a los
otros, a quien acudía al llamamiento de su madre.
No hizo, pues, más resistencia que volver
la cabeza hacia atrás, cuando Gilberto le cogió
de la mano y le sacó llorando del recinto mortuorio.
Un elegante cabriolé esperaba a la puerta,
hizo subir al pobre niño, y dejando momentáneamente
la casa bajo la salvaguardia de la
buena fe pública y del interés que la desgracia
inspira, condujo a su pequeño protegido a la
ciudad y apeóse con él delante de la mejor posada,
que en aquella época era la del Delfín.
Apenas instalado, envió a buscar un sastre,
que, prevenido anticipadamente, se presentó
con ropas hechas; eligió con prudencia para
Pitou un traje dos o tres pulgadas más largo de
lo necesario, superfluidad que, atendido el rápido
crecimiento de nuestro héroe, prometía no
ser de larga duración; y después encaminóse
con su protegido hacia ese barrio de la ciudad
que hemos indicado antes y que se llamaba el
Pleux.
A medida que avanzaba hacia él, Pitou acortaba
el paso, porque era evidente que le conducían
a casa de su tía Angélica, y, a pesar de las
pocas veces que el pobre huérfano había visto a
su madrina —pues la tía Angélica era la que
había dado a Pitou su poético nombre de pila—
, conservaba de aquella respetable parienta un
recuerdo poco grato.
En efecto, la tía Angélica no tenía mucho
atractivo para un niño acostumbrado como
Pitou a todas las atenciones de la solicitud maternal:
la tía Angélica era en aquella época una
solterona de cincuenta y cinco a cincuenta y
ocho años, embrutecida por el abuso de las más
minuciosas prácticas de la religión, y en la que
una piedad mal entendida había estrechado en
sentido contrario todos los sentimientos benignos,
misericordiosos y humanos, para cultivar,
en cambio, una dosis natural de inteligencia
ávida que no hacía más que aumentar cada día
por el asiduo trato con las beatas de la ciudad.
No vivía precisamente de limosnas; pero, además
de la venta del lino que hilaba en la rueca,
y del alquiler de las sillas de la iglesia, que le
había concedido el capítulo, recibía de vez en
cuando de algunas almas caritativas que se
dejaban embaucar con sus hipocresías religiosas,
pequeñas sumas que, simples sueldos en
un principio, convertíanse después en moneda
blanca, y al fin en luises de oro, los cuales desaparecían,
sin que nadie lo viese ni sospechara
su existencia, para ir a ocultarse, uno por uno,
en el cojinete del sillón donde la solterona trabajaba.
Una vez en su escondite, iban a reunirse
después, secretamente, con cierto número de
sus compañeros, recogidos del mismo modo, y
que en adelante debían quedar secuestrados de
la circulación hasta el día desconocido en que la
muerte de la solterona las pusiera en manos de
su heredero.
Hacia la morada de esta venerable parienta
se encaminaba el doctor Gilberto, llevando de
la mano al gran Pitou.
Decimos el gran Pitou porque, a partir del
primer trimestre después de su nacimiento, el
niño había sido siempre demasiado grande
para su edad.
En el momento de abrirse la puerta para dar
paso a su sobrino y al doctor, la señora Rosa
Angélica Pitou hallábase entregada a un acceso
de alegría. Mientras que se cantaba la misa de
difuntos sobre el cadáver de su cuñada en la
iglesia de Haramont, había habido bodas y bautismos
en la de Villers-Cotterets; y el ingreso
por alquiler de las sillas había ascendido a seis
libras en un solo día; de modo que la señora
Angélica pudo convertir sus sueldos en un gran
escudo de plata, el cual, agregado a otros tres
puestos de reserva en épocas diferentes, dio un
luis de oro. Esta última moneda acababa de ir a
reunirse con otras del mismo valor; y el día en
que se efectuaba semejante reunión era naturalmente
una fiesta para la señora Angélica.
El doctor y Pitou se presentaron precisamente
en el momento en que, después de haber
abierto su puerta, cerrada durante la operación,
la tía Angélica acababa de dar la última vuelta
en su sillón para asegurarse de que ninguna
señal indicaba por fuera la existencia del tesoro
oculto en el interior.
La escena hubiera podido ser conmovedora;
mas, a los ojos de un hombre tan buen observador
como el doctor Gilberto, no fue más que
grotesca. Al ver a su sobrino, la vieja beata dijo
algunas palabras sobre su pobre hermana querida,
a la que tanto amaba, y aparentó enjugar
una lágrima. Por su parte, el doctor, que deseaba
leer hasta en lo más profundo del corazón de
la solterona antes de tomar un partido respecto
a ella, afectó cierto aire de gravedad para dirigir
a la señora Angélica un sermón sobre los
deberes de las tías respecto a los sobrinos; pero
a medida que el discurso se desarrollaba y que
las palabras de bondad salían de los labios del
doctor, los ojos enjutos de la solterona absorbían
la imperceptible lágrima que los había
humedecido, y sus facciones recobraron la sequedad
del pergamino que parecía cubrirlas.
Levantó la mano izquierda a la altura de su
barba puntiaguda, y con la derecha comenzó a
calcular sobre sus dedos huesosos el número
aproximativo de sueldos que el alquiler de las
sillas le reportaban anualmente; de modo que,
como la casualidad quiso que el cálculo terminara
al mismo tiempo que el discurso, pudo
contestar en el instante mismo que, si bien
había amado mucho a su pobre hermana y la
interesaba en alto grado su querido sobrino, la
escasez de sus recursos no la permitía, a pesar
de su doble título de tía y de madrina, ningún
aumento de gastos.
Por lo demás, el doctor esperaba esta negativa;
de modo que no le sorprendió: era gran
partidario de las nuevas ideas; y como acababa
de publicarse el primer tomo de la obra de Lavater,
había hecho ya la aplicación de la doctrina
fisiognomónica del filósofo de Zurich en el
enjuto y amarillento rostro de la señora Angélica.
El examen le dio por resultado que los ojillos
brillantes de la solterona, su nariz larga y sus
labios delgados presentaban la reunión en una
sola persona de la codicia, del egoísmo y de la
hipocresía.
La contestación, como hemos dicho, no le
produjo el menor asombro; pero quería ver, en
su calidad de observador, hasta qué punto llegaba
en la devota el desarrollo de estos tres feos
defectos.
—Pero, señora —dijo—; Ángel Pitou es un
pobre huérfano, hijo de vuestra hermana.
—¡Diantre! Escuchad, señor Gilberto —
replicó la señora Angélica—; esto sería un aumento
de seis sueldos diarios, por lo menos,
contando el más bajo precio, porque ese muchacho
debe comer al menos una libra de pan
cada día.
Pitou hizo una mueca, pues generalmente
comía libra y media sólo para almorzar.
—Sin contar el jabón para el lavabo de la ropa
—añadió la señora Angélica—, y yo recuerdo
que este chico ensucia mucho.
En efecto, Pitou ensucia bastante ropa, y se
comprenderá muy bien si se recuerda su género
de vida; pero debe añadirse, en justicia, que
desgarraba más aún que ensuciaba.
—¡Ah! —exclamó el doctor—. No hable usted
así, señora Angélica. ¡La que practica tan
bien la caridad cristiana hacer semejantes cálculos
tratándose de un sobrino y ahijado!
—Sin contar el cosido de la ropa —exclamó
arrebatadamente la señora Angélica, que recordaba
haber visto a su hermana Magdalena remendar
no pocas chaquetas y rodilleras en los
calzones de su sobrino.
—De modo que —dijo el doctor—, ¿rehusáis
admitir a vuestro sobrino en casa, y consentís
en que el huérfano rechazado por su tía vaya a
pedir limosna a las puertas de casas extrañas?
La solterona, por avara que fuese, comprendió
que naturalmente recaería sobre ella todo lo
odioso de semejante conducta si, por su negativa
de recibir a su sobrino, éste último se viera
obligado a semejante extremo.
—No —dijo—; me encargaré del muchacho.
—¡Ah! —exclamó el doctor, complacido de
encontrar un buen sentimiento en aquel corazón
que él creía del todo seco.
—Sí —continuó la solterona—; yo le recomendaré
a los Agustinos de Bourg-Fontaine, y
entrará en su establecimiento como hermano
criado.
Ya hemos dicho que el doctor era filósofo, y
bien se sabe cuál era el valor de la palabra filosofía
en aquella época.
Resolvió, pues, arrancar un neófito a los
Agustinos, y esto con tanto celo como el que
hubieran demostrado aquéllos para arrancar un
adepto a los filósofos.
—Pues bien —replicó, introduciendo la mano
en su profundo bolsillo—, puesto que estáis
en tan precaria situación, apreciable señora
Angélica, viéndoos obligada, por falta de recursos
personales, a recomendar a vuestro sobrino
a la caridad de otros, buscaré persona que pueda
aplicar más eficazmente que vos la suma
que destinaba al pobre huérfano para su manutención
y demás necesidades. Debo regresar a
América, y antes de mi marcha dejaré a vuestro
sobrino Pitou como aprendiz en casa de algún
carpintero o carretero, pudiendo él mismo elegir,
según su vocación. Durante mi ausencia
crecerá, y a mi vuelta será ya bastante inteligente
en el oficio, en cuyo caso veré qué se puede
hacer por él; ¡Vamos, pobre muchacho! —
continuó, haciendo entre ella y él la señal de
una separación eterna.
Aun no había concluido de hablar el doctor,
cuando ya Pitou se precipitaba hacia la venerable
solterona con sus dos brazos extendidos: le
urgía, en efecto, abrazar a la señora Angélica;
pero a condición de que este abrazo fuera entre
ella y él la señal de una separación eterna.
Pero al oír la palabra suma, al notar el ademán
del doctor, que introducía la mano en el
bolsillo, y al percibir el sonido argentino que
aquella mano produjo incontinenti entre los
escudos de plata, cuyo número se podía calcular
por la tensión del bolsillo del traje, la solterona
sintió subir hasta su corazón el calor de la
codicia.
—¡Ah! —exclamó—. Apreciable señor Gilberto,
bien sabe usted una cosa.
—¿Cuál? —preguntó el doctor.
—¡Oh Dios mío! Es que nadie en el mundo
amará tanto como yo a ese pobre muchacho.
Y, entrelazando sus flacos brazos con los de
Pitou, ya extendidos, depositó en sus dos mejillas
un beso seco, que hizo estremecer al muchacho
desde la punta de los pies a la raíz de
los cabellos.
—¡Oh! Ciertamente —contestó el doctor—,
lo sé muy bien; y dudaba tan poco de la amistad
que le profesáis, que yo traía al chico directamente
a su apoyo natural; pero lo que acabáis
de manifestarme, apreciable señora, me ha
convencido a la vez de vuestra buena voluntad
y de vuestra impotencia, y bien veo que sois
demasiado pobre para ayudar a quien lo es más
aún.
—¡Oh señor Gilberto! —repuso la vieja devota—.
¿No está Dios en el cielo y no atiende
desde allí a todas sus criaturas?
—Es verdad —dijo Gilberto—; pero, si proporciona
alimento a los pajarillos, no pone en
aprendizaje a los huérfanos. Ahora bien: he
aquí lo que se debe hacer por Ángel Pitou y lo
que, atendidos vuestros escasos medios, os costaría
demasiado caro, sin duda.
—Sin embargo, si dais esa suma, señor doctor...
—¿Qué suma?
—La de que habéis hablado, la que lleváis en
el bolsillo —añadió la devota, señalando con su
dedo ganchudo la faltriquera del hábil filósofo.
—La daré seguramente, apreciable señora
Angélica —dijo el doctor—; mas os prevengo
que será con una condición.
—¿Cuál?
—Que el muchacho aprenderá un oficio.
—Le tendrá: yo os lo prometo a fe de Angélica
Pitou, señor doctor —repuso la devota con
los ojos fijos en la faltriquera, cuyo volumen
llamaba su atención.
—¿Me lo prometéis?
—Os lo prometo.
—Seriamente, ¿no es verdad?
—Tan cierto como hay Dios, apreciable señor
Gilberto: os lo juro.
Y la señora Angélica extendió horizontalmente
su descarnada mano.
—¡Pues bien, sea! —exclamó el doctor, sacando
de su faltriquera una bolsa muy redondeada—.
Estoy conforme con daros el dinero,
como veis. ¿Estáis dispuesta igualmente a responderme
del niño?
—¡Por la verdadera cruz, señor Gilberto!
—No juréis tanto, buena señora; y firmemos
un documento.
—¡Firmaré, señor Gilberto, firmaré!.
—¿Ante notario?
—Ante notario.
—Pues vamos a casa del papá Niguet. El
papá Niguet, a quien el doctor daba este título
amistoso, gracias a un largo conocimiento, era,
como ya saben aquellos de nuestros lectores
que han leído mi novela José Bálsamo, el notario
más reputado de la localidad.
La señora Angélica, de la que también era
notario el papá Niguet, nada tuvo que decir
contra la elección del doctor; de modo que le
siguió a su casa sin vacilar. Allí, el tabelión registró
la promesa hecha por la señora Rosa Angélica
Pitou, de tomar a su cargo y dedicar a
una profesión honrosa a Luis Ángel Pitou, su
sobrino, para lo cual recibiría anualmente la
suma de doscientas libras. El convenio se hacía
por cinco años y el doctor depositó ochocientas
libras en casa del notario, debiendo pagarse
doscientas por adelantado.
Al día siguiente el doctor salió de Villers-
Cotterets, después de haber arreglado algunas
cuentas con uno de sus arrendadores, del cual
hablaremos en otro lugar; y la señora Pitou,
precipitándose como un buitre sobre las citadas
doscientas libras, pagadas por adelantado, escondía
en su sillón ocho hermosos luises de
oro.
En cuanto a las ocho libras restantes, depositadas
en un platillo de porcelana, que desde
hacía treinta o cuarenta años había visto pasar
centenares de monedas de todas especies, esperando
a que la cosecha de dos o tres domingos
completase la suma de veinticuatro libras, cifra
que, como hemos explicado ya, sufría en este
punto la metamorfosis dorada, pasando del
platillo al sillón.

Ángel Pitou


I
DONDE EL LECTOR TRABARÁ CONOCIMIENTO
CON EL HÉROE DE ESTA HISTORIA
Y CON EL PAÍS QUE LE VIO NACER
En la frontera de Picardía y del Soissons, en
esa porción del territorio nacional, que bajo el
nombre de Isla de Francia constituía una parte
del antiguo patrimonio de nuestros reyes; en
medio de la inmensa media luna que forma,
prolongándose al norte y al mediodía, un bosque
de cincuenta mil fanegadas, se eleva, perdida
en la sombra de un grandioso parque
plantado por Francisco I y Enrique II, la pequeña
ciudad de Villers-Cotterets, célebre por
haber dado nacimiento a Carlos Alberto Demoustier,
el cual, en la época en que comienza
esta historia, escribía sus Cartas a Emilio sobre la
Mitología, con gran satisfacción de las lindas
mujeres de la época, que se las disputaban a
medida que veían la luz pública.
Añadamos, para completar la reputación
poética de esa pequeña ciudad, a la que sus
detractores se obstinan en dar el nombre de
burgo, a pesar de su castillo real y de sus dos
mil cuatrocientos habitantes, añadamos que
está situada a dos leguas de Laferté-Milon,
donde nació Racine, y a ocho de Cháteau-
Thierry, donde nació La Fontaine.
Consignemos, además, que la madre del autor
de Británico y de Atalia era de Villers-
Cotterets.
Volvamos a su castillo real y a sus dos mil
cuatrocientos habitantes.
Este castillo real, comenzado por Francisco I,
cuyas salamandras conserva, y concluido por
Enrique II, cuya cifra tiene aún entrelazada con
la de Catalina de Médicis y circuida de las tres
medias lunas de Diana de Poitiers, este castillo,
repetimos, después de ocultar los amores del
rey caballero con madame d'Etampes, y los de
Luis Felipe de Orleans con la hermosa madame
de Montesson, estaba casi deshabitado desde la
muerte de este último príncipe, pues su hijo
Felipe de Orleans, llamado después Igualdad, le
hizo descender desde la categoría de residencia
real a la de simple punto de reunión para los
cazadores.
Sabido es que el castillo y el bosque de Villers-
Cotterets formaban parte de los dominios
otorgados por Luis XIV a su hermano, Monsieur,
cuando el hijo segundo de Ana de Austria
casó con la hermana del rey Carlos II, Enriqueta
de Inglaterra.
En cuanto a los dos mil cuatrocientos habitantes,
de los que hemos prometido decir algo a
nuestros lectores, eran, como en todas las localidades
donde viven dos mil cuatrocientos individuos,
una reunión compuesta de:
1 Algunos nobles que pasaban el verano en
los castillos de las inmediaciones y el invierno
en París, y que para imitar al príncipe no tenían
más que un palmo de terreno en la ciudad.
2.° De bastantes menestrales a quienes se veía
salir de su casa, fuere cual fuese el tiempo,
con un paraguas en la mano, para ir a dar después
de comer su paseo diario, limitado regularmente
a un ancho foso que separaba el parque
del bosque, situado a un cuarto de legua de
la ciudad, y que se llamaba el Aháh, sin duda a
causa de la exclamación que su vista arrancaba
de los pechos asmáticos, satisfechos de haber
recorrido tan larga distancia sin sofocarse mucho.
3.° De una mayoría de artesanos que trabajaban
toda la semana y tan sólo se permitían los
domingos el paseo de que disfrutaban todos los
días sus compatriotas más favorecidos que ellos
por la fortuna.
4.° Y, por último, de algunos míseros proletarios,
para los cuales la semana no tenía ni
siquiera domingo, y que después de trabajar
seis días a jornal, bien fuera para los nobles, o
bien para los menestrales, o ya, en fin, para los
artesanos, se diseminaban el séptimo en el bosque,
a fin de recoger la madera muerta o tronchada
que el huracán, ese gran segador de los
bosques, para el que las encinas son espigas,
esparcía por el suelo oscuro y húmedo de las
grandes arboledas, magnífico patrimonio del
príncipe.
Si Villers-Cotterets (Villerii ad Cotiam-Retioe)
hubiese tenido la desgracia de ser una ciudad
de bastante importancia en la historia para que
los arqueólogos se ocupasen de ella y siguieran
sus pasos sucesivos desde el pueblo al burgo y
desde éste a la ciudad, último título que se le
disputa, como ya hemos dicho, seguramente
habrían consignado el hecho de que este pueblo
comenzó por ser una doble línea de casas construidas
en ambos lados del camino de París a
Soissons. Después habrían añadido que, poco a
poco, habiendo aumentado, merced a su posición
en el lindero de un hermoso bosque, el
número de habitantes, se unieron otras calles
con la primera, divergentes como los rayos de
una estrella en dirección a los otros reducidos
pueblos, con los que importaba conservar comunicaciones,
y convergentes hacia un punto
que llegó a ser naturalmente el centro, es decir,
lo que se llama en provincia la plaza. Alrededor
de ésta se edificaron las más hermosas casas del
pueblo, convertido en burgo, y en su centro se
elevó una fuente, decorada hoy con un cuádruple
cuadrante. En fin, los arqueólogos hubieran
determinado la fecha precisa en que, cerca de la
modesta iglesia, primera necesidad de los pueblos,
se asentaron los primeros cimientos de
aquel vasto castillo, último capricho de un rey,
castillo que después de ser sucesivamente, como
hemos dicho ya, residencia real y residencia
de príncipe, llegó a convertirse en nuestros días
en un triste y hediondo depósito de mendicidad,
dependiente de la prefectura del Sena.
Pero en la época en que comienza esta historia,
las cosas reales, aunque ya muy vacilantes,
no habían decaído aún hasta el punto en que se
hallan hoy. Cierto que el castillo no estaba habitado
ya por un príncipe; pero tampoco vivían
en él mendigos; estaba sencillamente desocupado,
sin más inquilinos que los indispensables
para su conservación, entre los cuales figuraba
el conserje, el dueño del juego de pelota y el
capellán. Por eso todas las ventanas del inmenso
edificio, que daban, unas al parque y las
otras a la segunda plaza, llamada aristocráticamente
plaza del Castillo, estaban cerradas, lo
cual contribuía más a la tristeza y a la soledad
de aquel sitio, en uno de cuyos extremos se
elevaba una casita, acerca de la cual el lector
nos permitirá que le digamos algunas palabras.
Era una casita de la que no se veía, por decirlo
así, más que la espalda; pero, lo mismo
que en ciertas personas, esta espalda tenía el
privilegio de ser la mejor parte de su individualidad.
En efecto, la fachada que tenía salida a la
calle de Soissons, una de las principales de la
ciudad, por una puerta toscamente arqueada,
tan sólo abierta seis horas de cada veinticuatro,
presentaba un aspecto triste y melancólico;
mientras que la opuesta era alegre y risueña,
sin duda porque aquí había un jardín, sobre
cuyas paredes asomaban las copas de los cerezos,
de los manzanos y de los cúnelos. Además,
a cada lado de una puertecita que daba salida a
la plaza y entrada al jardín, elevábanse dos acacias
seculares, que en la primavera parecían
prolongar sus ramas sobre el muro para sembrar
el suelo con sus perfumadas flores en toda
la circunferencia de su follaje.
Aquella casita era la del capellán del castillo,
que, a la vez que servía la iglesia señorial, donde,
a pesar de la ausencia del amo, se decía misa
todos los domingos, tenía una pequeña escuela,
a la cual se habían aplicado, por un favor
muy especial, dos becas: una para el colegio de
Piessis y la otra para el seminario de Soissons.
Inútil es añadir que la familia de Orleans era la
que las había fundado, debiéndose al hijo del
regente la del seminario, y la del colegio al padre
del príncipe. Estas dos becas eran objeto de
la ambición de los padres y desesperaban a los
alumnos, pues para aspirar a ellas debían hacer
composiciones extraordinarias todos los jueves.
Ahora bien: cierto jueves del mes de julio de
1789, día bastante triste, oscurecido por una
tempestad que se corría de oeste a este, y bajo
cuyo viento las dos magníficas acacias de que
hemos hablado, perdiendo ya la virginidad de
su follaje primaveral, dejaban escapar algunas
hojitas amarillentas por efecto de los primeros
calores del verano; cierto jueves, decimos, después
de un silencio bastante prolongado, interrumpido
tan sólo por el roce de las hojas que
se entrechocaban, arremolinándose en el suelo
batido de la plaza, y por el canto de un gorrión
que perseguía a las moscas, rasando la tierra, el
reloj del puntiagudo campanario de la ciudad
dio las once.
En aquel momento se oyó un ¡hurra! semejante
al que pudiera proferir todo un regimiento
de hulanos, acompañado de un rumor parecido
al que la avalancha produce cuando salta
de roca en roca. La puerta situada entre las dos
acacias se abrió, o más bien se hundió, dando
paso a un torrente de niños que se diseminaron
por la plaza, donde casi enseguida formáronse
cinco o seis grupos alegres y ruidosos, los unos
alrededor de un círculo destinado a retener los
trompos prisioneros, los otros delante de un
juego de tres en raya, trazado con yeso, y algunos,
en fin, enfrente de varios agujeros practicados
con regularidad, en los cuales la pelota,
deteniéndose o pasando de ellos, hacia ganar o
perder al que la echaba.
Al mismo tiempo que los escolares jugadores,
a quienes los vecinos cuyas raras ventanas
daban a la plaza solían llamar pilletes, y que
llevaban, por lo regular, pantalones agujereados
en las rodillas y chaquetas perforadas en
los codos, se detenían para jugar, veíase a los
que se calificaba de juiciosos, a los que, al decir
de las comadres, debían ser la alegría y el orgullo
de sus padres, separarse de la mayoría, y
por diversos caminos, con un paso cuya lentitud
revelaba que no se iban por su gusto, dirigirse
con su cestita en la mano a la casa paterna,
donde les darían la rebanada de pan, con
manteca o confitura, para resarcirles de los juegos
a que acababan de renunciar. Estos escolares
vestían por lo regular, chaquetas en bastante
buen estado y pantalones muy decentes, lo
cual, agregado a su fama de juiciosos, les hacía
objeto de la burla y hasta del odio de sus compañeros
menos bien vestidos y, sobre todo,
menos disciplinados.
Además de estas dos clases que hemos indicado
bajo los nombres de escolares jugadores y
escolares juiciosos, había una tercera, que designaremos
con el nombre de escolares perezosos,
la cual no salía casi nunca con las otras, ni
para jugar en la plaza del castillo, ni para volver
a la casa paterna, puesto que esta desgraciada
clase debía quedarse, por lo regular, en la
escuela. Esto quiere decir que, mientras sus
compañeros, después de hacer sus versiones y
sus temas, iban a jugar o a comer sus rebanadas
de pan, ellos permanecían en sus bancos o delante
de sus pupitres para hacer durante las
horas de recreo los ejercicios que no hicieron en
la clase; y esto cuando la gravedad de su falta
no exigía, además del encierro, el castigo supremo
con las disciplinas o la férula.
Tanto es así que, si se hubiera seguido, para
volver a entrar en la clase, el camino que los
escolares acababan de tomar en sentido inverso
para salir, se habría oído, después de franquear
una callejuela que costeaba la huerta, conduciendo
a un gran patio destinado a los recreos
interiores, se habría oído, repetimos, al entrar
en él, una voz fuerte, muy robusta, que resonaba
en lo alto de la escalera; mientras que un
escolar, que nuestra imparcialidad de historiadores
nos obliga a comprender en la tercera
clase, o sea la de los perezosos, bajaba precipitadamente,
haciendo con los hombros el movimiento
de que los asnos se sirven para derribar
a sus jinetes, así como también los escolares a
quienes se acaba de castigar con las disciplinas
y tratan de sacudirse el dolor.
—¡Ah, bribón! ¡Pequeño excomulgado! —
gritaba la voz. ¡Ah, reptil! ¡Retírate! ¡Vete! Vade,
vade! ¡Acuérdate que he tenido paciencia contigo
tres años, y que hay pícaros que apurarían la
del mismo Padre Eterno! Hoy hemos concluido
¡y para siempre! ¡Recoge tus ardillas, tus ranas,
tus lagartos, tus gusanos de seda y tus abejorros,
y vete a casa de tu tía, o de tu tío, si tienes
alguno, o al diablo, o a donde quieras, en fin,
con tal que no vuelva a verte más! Vade, vade!
—¡Oh mi buen señor Fortier! Perdonadme
—contestaba siempre en la escalera otra voz
suplicante—. ¿Vale la pena incomodarse tanto
por un ligero barbarismo y algunos solecismos,
según llamáis a eso?
—¡Tres barbarismos y siete solecismos en un
tema de veinticinco líneas! —contestó la voz
enojada, mas vigorosa aún.
—Asi ha sido hoy, señor abate, convengo en
ello, pues todos los jueves son desgraciados
para mí; pero si mañana mi tema estuviese
bien, ¿no me perdonaríais mi torpeza de hoy,
señor abate?
—¡Tres años hace ya que todos los días de
composición me repites la misma cosa, holgazán!
Los exámenes se efectuarán en 1° de noviembre,
y yo, que a ruegos de tu tía Angélica
he tenido la debilidad de apuntarte como candidato
a la beca, vacante ahora en el seminario
de Soissons, yo tendré la vergüenza de ver que
rechazan mi discípulo, y de oír por todas partes
estas palabras: «Ángel Pitou es un asno. Ángelus
Pitovius asinus est.»
Apresurémonos a decir, en fin, para que el
benévolo lector se interese desde luego por él,
que Ángel Pitou, cuyo nombre acababa de latinizar
el abate Fortier tan pintorescamente, es el
héroe de esta historia.
—¡Oh mi buen señor Fortier! ¡Oh mi querido
maestro! —contestaba el escolar, desesperado.
—¡Yo tu maestro! —gritó el abate, a quien
este título humillaba—. A dios gracias, ya no
soy tu maestro, ni tú mi discípulo; reniego de ti;
ya no te conozco, y quisiera no haberte visto
nunca; te prohíbo pronunciar mi nombre, y
hasta saludarme. ¡Retro, desgraciado, retro!
—Señor abate —insistió el desgraciado Pitou,
que parecía tener grave interés en no indisponerse
con su maestro—; señor abate, yo le
suplico que no me retire su protección por un
pobre tema mutilado.
—¡Ah! —gritó el abate, fuera de sí por este
último ruego y bajando los cuatro primeros
escalones, mientras que por un movimiento
igual Ángel Pitou franqueaba los cuatro últimos,
viéndosele ya en el patio— ¡Ah! ¡Te sirves
de la lógica, cuando no puedes hacer un tema;
calculas los grados de mi paciencia, cuando no
sabes distinguir el nominativo del régimen!
—Señor abate, habéis sido tan bueno para
mí —repuso el muchacho—, que bastará que
digáis una palabra a monseñor el obispo que
nos examina.
—¡Yo, desgraciado! ¡Mentir a mi conciencia!
—Si es para una buena acción, señor abate,
Dios le perdonará.
—¡Jamás, jamás!
—Y, por otra parte, ¿quién sabe? Los examinadores
no serán tal vez conmigo más severos
de lo que fueron en favor de Sebastián Gilberto,
mi hermano de leche, cuando el año pasado
aspiró a la beca de París. Y, sin embargo, ¡no
cometía él pocos barbarismos, Dios mío! Aunque
es verdad que no contaba más que trece
años, mientras que yo tengo diecisiete.
—¡Ah! He aquí una estupidez —dijo el abate,
franqueando el resto de la escalera, con sus
disciplinas en la mano, en tanto que Pitou mantenía
prudentemente entre él y su profesor la
primera distancia—. Sí —añadió cruzándose de
brazos y mirando indignado a su discípulo—;
he dicho estupidez y lo repito. ¡He aquí la recompensa
de mis lecciones de dialéctica! ¡Triple
animal! ¿Es así como te acuerdas de aquel
axioma: Noti minora, toqui majora votens? Pues
precisamente porque Gilberto era más joven
que tú se ha tenido más indulgencia con un
niño de catorce años que la que se tendrá con
un imbécil de dieciocho.
—Sí, y también porque es hijo del señor
Honorato Gilberto, que tiene dieciocho mil libras
de rentas en buenas tierras, solamente en
la llanura de Pilleleux —contestó con voz lastimera
el muchacho lógico.
El abate Fornier miró a Pitou, prolongando
los labios y frunciendo el ceño.
—Esto no es tan estúpido —murmuró después
de una pausa—. Sin embargo, peca de
especioso, y no es fundado. Species, non autem
corpus.
—¡Oh! ¡Si yo fuera hijo de un hombre que
tuviese diez mil libras de rentas!... —repitió
Ángel Pitou, que había creído notar que su respuesta
había producido alguna impresión en su
profesor.
—Sí, pero no lo eres; y, en cambio, no tienes
más que ignorancia, como el necio de quien
habla Juvenal; cita profana —añadió el abate—,
haciendo la señal de la cruz, pero no menos
justa. Arcadius juvenis. Apuesto a que ni siquiera
sabes lo que quiere decir Arcadius...
—¡Diantre! Significa Arcadio —contestó Ángel
Pitou,. irguiéndose con la majestad del orgullo.
—¿Y qué más?
—¿Cómo qué más?
—La Arcadia era el país de los caballos de
dos cuerpos, y así, entre los antiguos como entre
nosotros, asinus era el sinónimo de stuttus.
—No he querido comprender la cosa así —
dijo Pitou, atendido que estaba lejos de mi pensamiento
que el ánimo austero de mi digno
profesor pudiera humillarse hasta la sátira.
El abate Fortier miró a Pitou por segunda
vez con más atención aún que la primera.
—A fe mía —murmuró, un poco dulcificado
por la réplica de su discípulo—, que hay momentos
en que juraría que este tunante es menos
estúpido de lo que realmente parece.
—Vamos, señor abate —dijo Pitou, que si no
había oído las palabras del profesor pudo sorprender
en su fisonomía una expresión compasiva—,
perdonadme y ya veréis qué buen tema
hago mañana.
—Pues bien, consiento —dijo el abate colocándose
las disciplinas en la cintura en señal de
tregua y acercándose a Pitou, que gracias a esta
demostración pacífica permaneció inmóvil.
—¡Oh! ¡Gracias, gracias! —exclamó el escolar.
—Espera: no me las des tan pronto. Te perdonaré;
sí, te perdono, pero con una condición.
Pitou inclinó la cabeza; y como estaba a discreción
del abate, esperó resignadamente.
—Es que —añadió el maestro—, me has de
contestar sin error a la pregunta que te haré.
—¿En latín? —preguntó Pitou con inquietud.
—Latine —contestó el abate.
Pitou exhaló un suspiro.
Siguióse una pausa, durante la cual, los gritos
alegres de los escolares que jugaban en la
plaza llegaron a oídos de Ángel Pitou, que suspiró
por segunda vez, más profundamente que
la primera.
—Quid virtus? Quid religio? —preguntó el
abate.
Estas palabras, pronunciadas con el aplomo
del pedagogo, resonaron en los oídos del pobre
Pitou como la trompeta del Ángel en el juicio
final; una nube pasó por sus ojos, y esforzó tanto
su pensamiento, que comprendió un instante
la posibilidad de volverse loco.
Sin embargo, en virtud de aquel trabajo cerebral,
que por violento que fuese no producía
ningún resultado, la contestación pedida se
hacía esperar indefinidamente; y entonces se
oyó el rumor prolongado de una toma de rapé,
que el terrible profesor absorbía lentamente.
Pitou comprendió bien que era preciso acabar.
—Nescio —contestó, esperando que se le
perdonaría su ignorancia si la confesaba en
latín.
—¡No sabes lo que es la virtud! —exclamó el
abate, sofocado de cólera—. ¡No sabes lo que es
la religión!
—Lo sé perfectamente en francés —contestó
Pitou—; pero no en latín.
—¡Pues, entonces, vete a la Arcadia, juvenis!
¡Todo ha concluido entre nosotros!
Pitou estaba tan agobiado que no hizo un
movimiento para huir, aunque el abate Fortier
hubiese empuñado otra vez sus disciplinas con
tanta dignidad como en el momento del combate
un general desenvaina su espada.
—Pero ¿qué será de mí? —preguntó el pobre
muchacho, dejando caer sus brazos inertes—.
¿Qué será de mí, si pierdo la esperanza de entrar
en el seminario?
—¡Sea lo que quiera, pardiez! ¡A mí me importa
poco!
El buen abate estaba tan enojado, que casi
juraba.
—Pero ¿no sabéis que mi tía me cree ya abate?
—Pues bien: sabrá que no sirves ni para sacristán.
—Pero, señor Fortier...
—¡Te digo que te marches, limina linguce!
—¡Vamos! —dijo Pitou, como hombre que
toma una resolución dolorosa, pero que al fin la
toma—. ¿Me permitís recoger mi pupitre? —
preguntó Pitou, esperando que en aquel momento
de reposo que le concedían se ablandaría
el corazón del abate Fortier.
—¡Ya lo creo! —contestó el profesor—. Puedes
llevártelo con todo cuanto contiene.
Pitou volvió a subir tristemente la escalera,
pues la clase se hallaba en el primer piso; entró
en la habitación, donde reunidos alrededor de
una gran mesa aparentaban trabajar unos cuarenta
escolares, levantó la cubierta de su pupitre
para ver si estaban allí todos los huéspedes
que guardaba, y, levantándole con un cuidado
que demostraba su solicitud para aquéllos, tomó
con paso lento y mesurado el camino del
corredor.
A su paso se hallaba el abate Fortier, extendió
el brazo y mostrando la escalera.
Era preciso pasar por las horcas caudinas, y
Ángel Pitou se achicó cuanto era posible, lo
cual no impidió que recibiese al paso el último
zurriagazo del instrumento a que el abate Fortier
debía sus mejores discípulos, y cuyo empleo,
aunque más frecuente y prolongado en
Ángel Pitou que en ningún otro alumno, había
tenido, como vemos, tan mediano resultado.
Mientras que Ángel Pitou, enjugando la última
lágrima, se encamina con su pupitre sobra
la cabeza en dirección a Pleux, barrio de la ciudad
donde su tía habita, digamos algunas palabras
sobre su físico y sus antecedentes.